¿Qué hacemos con estos intrusos?

Por José Luis Zamora Cuéllar



Hace muchos años conocí a una familia que tenía una casa de campo, un pequeño rancho que visitaban dos o tres veces al mes, además de pasar ahí los veranos. Es un lugar de descanso, aunque produce algunas frutas y verduras para consumo propio, más un pequeño excedente que suelen regalar a amigos y conocidos. Cada vez que visitaban la finca, tenían que pasar al menos un día haciendo limpieza, labores de mantenimiento y arreglos, por lo que más que descansar, pasaban la mitad del tiempo, o más, trabajando. Encima de eso, la propiedad estaba perdiendo valor con el paso del tiempo, pues sus dueños no estaban siendo capaces de seguir el ritmo de los desperfectos naturales que iban ocurriendo. No era una familia especialmente pudiente, por lo que no tenían los medios para contratar al personal de planta que el lugar requería. No obstante, decidieron preguntar entre sus conocidos si alguien conocía a alguna muchacha que pudiera al menos hacer la limpieza por un salario muy modesto. Al poco tiempo llegaron a un acuerdo con una joven de escasa educación que estaba dispuesta a vivir en el lugar, en un pequeño estudio contiguo al predio, y trabajar ahí tiempo completo por una cantidad mínima. El trato sólo incluía el sueldo, aposento y libre disposición de los productos del huerto, pero ninguna prestación adicional, ni siquiera seguro médico ni las demás que corresponden a la seguridad social que requiere la ley. Las primeras semanas el trabajo en la casa se redujo significativamente para la familia, aunque seguía habiendo múltiples labores de mantenimiento en el resto de la propiedad que tenían que realizar en cada visita: podar el pasto y algunos árboles, deshierbar, cuidar la siembra, arreglar agrietamientos en la calzada de acceso, así como la cerca alrededor del lugar y muchos otros.


Al cabo de unos meses, la familia notó que la muchacha incrementaba la cantidad y la calidad de su trabajo. Ella lo hizo notar y solicitó que le aumentaran el pago un 50%, cosa que hicieron como muestra de agradecimiento y para estar más seguros de retenerla, no obstante el sacrificio que implicaba. Más adelante percibieron que la producción del huerto disminuía paulatinamente, pero hicieron caso omiso, pues ya prácticamente no quedaba trabajo alguno para ellos en el rancho y lo disfrutaban cada vez más. La chica lo hacía todo. El lugar estaba impecablemente limpio siempre, el pasto parecía el de una cancha deportiva profesional, había flores nuevas, prácticamente no había basura de los árboles y a estos no les quedaba una sola rama seca. Incluso los desperfectos normales de la casa relacionados con plomería, electricidad, humedad, etcétera, quedaban arreglados como por arte de magia. No se cuestionaban cómo lo hacía la joven, sólo sabían que era una maravilla.


Todo iba bien, hasta que un día, pasados aproximadamente unos ocho o nueve meses, el padre de familia visitó el lugar sin previo aviso y ¡vaya sorpresa! Junto con la empleada había otras cuatro personas en el lugar: un muchacho, evidentemente menor de edad, otro joven, uno de más edad y una mujer también avanzada en años. Pero el rancho estaba en magníficas condiciones, como ya se había hecho costumbre. Al darse cuenta la joven, le cambiaban los colores del rostro, entre la sorpresa y la vergüenza, sin saber qué explicación dar. No todos se habían percatado que el que había llegado era el dueño, quien pronto se dio cuenta de que los “intrusos” estaban trabajando. Al ir recorriendo el lugar, pudo mirar hacia dentro del estudio asignado a la trabajadora y descubrió que estas personas vivían ahí con ella. El hombre exigió cuentas de lo que sucedía y resultó que con la pobre muchacha, en aquél pequeño estudio se alojaban, como podían, sus padres, su marido y su hermano menor, consumiendo además las frutas y verduras que producía la propiedad, pero a la vez haciendo las labores que ninguna persona podría haber realizado por si sola. Y al indagar un poco más sobre el caso, resultó que quien originalmente recomendó a la empleada, lo hizo a sabiendas de la necesidad de toda su familia y les pidió dinero a cambio del apoyo.


¡Cómo no se dieron cuenta los propietarios de que la muchacha no tenía súper poderes! ¡Cómo no se percataron, durante sus múltiples visitas, que había otras cuatro personas viviendo ahí! Era más cómodo no mirar, no cuestionar. Era tan eficiente, que pasaba desapercibida (¡y sus acompañantes también!). De cualquier forma, el susto y el enojo del hombre fueron fuertes, pero a la vez tuvo que reconocer que el servicio que obtenía era una ganga y realmente esa familia no le estaba causando daño alguno, sino todo lo contrario. Sin embargo, el dilema era importante. Ahora lo sabía, lo cual traía obvias implicaciones legales por tener a cinco personas viviendo en un lugar diseñado para una, sin un contrato ni prestaciones de ley, y con un pago apenas dentro de los márgenes del mercado para una sola empleada doméstica. De todos modos, para los inesperados inquilinos resultaba conveniente, pues en su lugar de origen, entre la inseguridad, la escasez de empleo, los bajos salarios, la miseria y la sequía, lo pasaban mucho peor. Ahora le rogaban al dueño que les permitiera seguir ahí. Luego de meditarlo largo y dialogarlo días después con su mujer, decidieron “hacerse de la vista gorda”, sin hacer promesa alguna a sus recién conocidos operarios y corriendo un riesgo mayúsculo, aunque siempre cabía la posibilidad de “comprar” el favor de que la autoridad también se hiciera “de la vista gorda”. Además ahora tendrían el poder de exigirles más a sus nuevos empleados, pudiendo amenazarlos, cuando quisieran, con echarlos. Y ni hablar de volver a tener trato con quien les presentó a la muchacha, pues quién sabe qué más se puede esperar de un delincuente así. Más valía dejarlo en paz.

El caso no es simple y evidentemente tiene diversas aristas que dificultan emitir juicios al respecto. Tan solo planteando la pregunta sobre cómo debieran reaccionar los propietarios del predio, la respuesta no es simple, salvo que sólo se admita un punto de vista, ya sea el legal, el de la pura conveniencia propia o el de la compasión. Tal parece, sin embargo, que los dueños del lugar eligieron dar preeminencia a su propio beneficio, violando la ley y aparentando ser muy clementes. Y por otro lado quedan muchas interrogantes, como si acaso alguno de los nuevos trabajadores tiene antecedentes penales, si no padecen epilepsia o alguna otra enfermedad que pudiera empeorar la situación, y demás.


¿No se parece este caso a lo que sucede con la migración indocumentada, particularmente en Estados Unidos? Guardadas las proporciones y siendo algunos aspectos más difíciles de comparar que otros, me pareció que es una buena analogía y me sirve para plantear del mismo modo algunas interrogantes: ¿Cómo es posible que crucen la frontera casi medio millón de personas cada año y nadie se dé cuenta? Suponiendo, sin conceder, que la patrulla fronteriza es incorruptible y que esto sucede a pesar de sus encomiables esfuerzos, ¿cómo se trasladan los indocumentados y consiguen empleo en los últimos rincones del país sin ser detectados? Vamos, me queda claro que aún a esa pregunta se pueden dar muchas respuestas válidas, pero ¿por qué se habla tanto de deportaciones, de que nos roban los empleos, de que violan la ley y tantas otras acusaciones contra los migrantes sin papeles, y nunca se oye hablar de que se persiga a quienes les dan empleo? Se presumen números de deportados, pero ¿cuántos empleadores de indocumentados son multados o encarcelados?

Si se tratara de un ducto de combustible y no de una frontera porosa, hubiera habido una explosión una semana después de su construcción. Es difícil justificar que el fenómeno sea fortuito o que no existan complejas redes de conveniencia y corrupción que lo hacen posible. Y qué decir de los distintos intereses que han impedido por décadas el avance de una reforma migratoria integral, tan obviamente necesaria. Seguramente hay muchos migrantes indocumentados que se dedican a delinquir, pero existen numerosos estudios que demuestran lo que el sentido común podría explicar suficientemente: “Los inmigrantes tienen tasas de criminalidad más bajas que los nativos”[1], pues los delincuentes prefieren permanecer en el territorio que dominan que emigrar a un lugar distinto. Por otro lado, también es de párvulos reconocer que quien deja su hogar para buscar fortuna, se dedica a trabajar, no a buscar beneficios gratuitos de una sociedad en la que ha irrumpido o en la que se ha insertado. Para muestra bastan sólo algunos datos que aportó el Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca de George W. Bush hace algunos años:

“En promedio, los nativos estadounidenses se benefician de la inmigración. Los inmigrantes tienden a complementar (no sustituir) a los nativos, aumentando la productividad y el ingreso de los nativos. Los estudios cuidadosos de los efectos fiscales a largo plazo de la inmigración concluyen que es probable que tenga una influencia modesta y positiva… Los inmigrantes son una parte fundamental de la fuerza laboral de EE. UU… Constituyen el 15% de todos los trabajadores e incluso mayores porcentajes de ciertas ocupaciones, como la construcción, los servicios de alimentos y la atención médica… Los inmigrantes y sus hijos se asimilan a la cultura de EE. UU. Por ejemplo, aunque el 72% de los inmigrantes latinos de la primera generación usa el español como idioma predominante, solo el 7% de la segunda generación domina el español (Fuente: Pew Hispanic Center / Kaiser Family Foundation). Los inmigrantes tienen tasas de criminalidad más bajas que los nativos. Entre los hombres de entre 18 y 40 años, es mucho menos probable que los inmigrantes sean encarcelados que los nativos (Fuente: Butcher y Piehl). Los inmigrantes mejoran ligeramente la solvencia de los programas de derecho de pago por uso, como la Seguridad Social y Medicare. El impacto a largo plazo de la inmigración en los presupuestos públicos es probable que sea positivo”[2].


Valdría la pena, al menos, reflexionar e informarse un poco sobre el fenómeno, para evitar que se siga manipulando políticamente, usando de rehenes a quienes más lo sufren: los propios migrantes. De entrada, por ejemplo, serviría pensar que construyendo un muro más alto, lo único que se consigue es beneficiar a los vendedores de escaleras.


Como ciudadanos responsables, debemos exigir con argumentos que se salvaguarde la seguridad nacional y se garantice el estado de derecho, a la vez se respetan los derechos humanos y se da curso a un fenómeno cuya raíz es fundamentalmente económica, es decir, con potencial benéfico para todos.


[1] La Casa Blanca / Consejo de Asesores Económicos, Impacto Económico de la Inmigración, 20 de junio de 2007; en la URL: https://georgewbush-whitehouse.archives.gov/cea/cea_immigration_062007.html


[2] Idem.


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